|
Cuando el Cardenal Rodríguez habla con su boca purpura de maldad, el mundo católico se estremece de verguenza y en sus almas prima el desencanto.
No es para menos: es terrible asistir a misa y observar que el cardenal desempolva el Éxodo y el Deuteronomio y comienza a leer cínicamente los Diez Mandamiento de la Ley de Dios, con los que antes, sin ningún pudor alguno, se limpió el trasero.
Este hombre no repara en mieses para violar el noveno mandamiento que llama a “no levantar falso testimonio ni mentir”y luego ir a misa y, allí, junto al altar sagrado, volver a mentir, fingiendo una beatitud que da risa.
El Cardenal, por lo que se ve, es el único, junto a los demás golpistas, que tiene permiso divino para mentir, el resto de la feligresía debe tomar esas mentiras como verdades so pena de ir a quemarse en las calendas del infierno.
Este cardenal, mostrando unos ojillos demoníacos, dijo una gran cantidad de mentiras en Alemania, que ha dejado pasmado hasta el último pecador de este valle de lágrimas: en Honduras, dijo, no han habido muertos, no hubo golpe de Estado, los ministros del gobierno de Zelaya eran saqueadores, los medios de comunicación no golpistas reciben dinero de Chavez y pertenecen a grupos guerrilleros, además, puntualizó, hubo sucesión presidencial por que Zelaya quería reelegirse por veinte años más.
A este Cardenal no le importa orinarse en las Sagradas Escrituras con tal de defender la sacrosanta propiedad privada de una oligarquía que mantiene secuestrado a este país con todo y sus instituciones. Por ello es de mal gusto verle oficiando misa seguido de un séquito de guardespaldas, para evitar un atentado que nunca se perpetrará, pues él debe cuidarse de los demonios que persiguen su purulenta alma, carcomida de pecados.
Nadie debe pleitesía a un Cardenal mentiroso y perverso, el mismo que habló de una sangría entre el pueblo hondureño si el Presidente Zelaya retornaba al país en vez de hablar de paz y reconciliación.
Alli estan apiñados en los cementerios los 140 muertos, allí caminan centenares de hombres y mujeres encarcelados por la dictadura, allí están los desaparecidos, alli están los secuestrados y torturados, allí, Cardenal del mal, aún se siente el olor a gas pimienta, los toletes y las balas vivas horadando el cuerpo de los hondureños. Pero usted siga mintiendo que la gloria terrenal y celestial no sera para Ud sino para quienes exponen sus vidas por decir y practicar la verdad.
Siga mintiendo descaradamente o guarde silencio; ya no siga undiéndose más en el estercolero de la historia, hágalo por la feligresia a quien ud no respeta, hágalo por los Diez mandamiento de la Ley de Dios que Ud. juró cumplir hasta el fin de los tiempos.
Cardenal, ud. ya no tiene autoridad moral para erguirse frente al altar y oficiar misa, perdió legitimidad frente a Dios y al pueblo hondureño.
Un cardenal que se revuelca en la mentira, y que de paso no respeta la Ley de Dios, se convierte en más pecador que el más inmundo de los pecadores terrenales.
En nombre de Dios, Cardenal, lo llamo a que se convierta al cristianismo. Amen.
fian-honduras
|